Oscuridad

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martes, 4 de enero de 2011

------ Mariología - [[María, la madre de Jesús y la «Reina del Cielo»]]




Salmo 135: 16 tienen boca, mas no hablan; tienen ojos, mas no ven;


Salmo 135: 17 tienen orejas, mas no oyen; tampoco hay aliento en sus bocas.






Exodo 20:4-6
4 No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra.
5 No te inclinarás a ellas, ni las honrarás; porque yo soy Yahveh tu Dios, fuerte, celoso, que visito la maldad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me aborrecen,
Es desafortunado que María, la madre de nuestro Señor, ha llegado a constituir entre católicos romanos y cristianos bíblicos un tema de controversia y, en medida grande, una línea de división. Las posiciones de ambas confesiones religiosas, con respecto a María, son completamente distintas.
  1. En el seno del catolicismo romano ha habido, desde hace muchos siglos, una corriente cada vez más fuerte por exaltar a María a una posición totalmente irreal, sin base bíblica ni histórica, sino producto de una piedad exagerada y mal dirigida. Esta tendencia ha sido tan marcada, que existe sin lugar a duda toda una teología, una liturgia y un culto distintivamente marianos. Mariologia es, pues, el tratado sobre esta exaltación de María.
El culto a María, que bien justifica el empleo del términoMariolatría, cae bajo la acusación tremenda que hace la Biblia contra el pecado degradante de la idolatría, cuando el apóstol Pablo escribe: Ya que cambiaron la verdad de Dios por la mentira, honrando y dando culto a las criaturas antes que al Creador, el cual es bendito por los siglos. Amén” (Romanos 1:25).
En ocasiones se nos tilda a los cristianos, especialmente en los países de habla castellana, de despreciar a la Virgen. Pero esta aseveración es falsa. Los cristianos tenemos en alta estima a la madre de Jesús. Cuanto decimos de ella, que es la realidad, es bueno y hermoso; no puede ser de otro modo. María es merecedora de nuestros aprecio y amor sinceros, y de que todos procuremos modelar nuestra vida conforme al ejemplo de ella. Mujer santa, piadosa, humilde, obediente hasta el sacrificio, conocedora de las Escrituras del Antiguo Testamento, llena de fe, bella en su carácter y, a no dudarlo, en su aspecto físico también, madre candorosa, ella será siempre, como lo dijera el ángel Gabriel: “bienaventurada por todas las generaciones”.
Esta grandeza única nadie podrá quitársela, ni siquiera eclipsársela. Pero más bien se ofende al pudor y a la modestia de esta honorable señora cuando se la quiere hacer aparecer como poseyendo cosas que en verdad no poseyó, o afirmando como verdades inconcusas cosas que jamás acontecieron. Nos parece que ella, de poder saberlo, protestaría enérgicamente y quizá hasta lo consideraría como una burla, el que se le apliquen títulos que ella nunca ostentó ni reclamó, y que se le atribuyan hechos de los cuales ella nunca tuvo la menor noticia.
El pedestal sobre el que descansa la verdadera grandeza de la madre de Jesús no podemos elevarlo más; intentar hacerlo sería obscurecer la esplendente aureola que ilumina a la agraciada persona de María. Ninguna luz puede ser más brillante para ella que la que irradia de su bellísimo carácter, todo humildad, modestia y obediencia; ninguna gloria mayor que la de haber llevado en su bendito seno la forma humana del Verbo eterno; ninguna dicha más incomparable que la de haber creído ella misma en su Hijo Jesús: esta es la verdadera grandeza de María.
La María de los Evangelios es muy distinta, sin embargo, de la María del romanismo. A ella, realmente, se la ha desfigurado y deshumanizado. En vez de honrarla, como pretenden, se la ha avergonzado hasta lo indecible al rendírsele un culto que raya en una crasa idolatría con ribetes de superstición. El Marianismo es de origen estrictamente pagano; es el feminismo divinizado de ciertas deidaes de religiones antiguas, el cual se introdujo en la religión cristiana. Las palabras de reprensión que Dios por medio del profeta Jeremías pronunció contra su pueblo por el pecado de idolatría, justamente se pueden aplicar en este caso. Dicen así: “Los hijos recogen la leña, los padres encienden el fuego, y las mujeres amasan la masa, para hacer tortas a la reina del cielo y para hacer ofrendas a dioses ajenos, para provocarme a ira. ¿Me provocarán ellos a ira? dice Jehová. ¿No obran más bien ellos mismos su propia confusión?” (7:18,19).
El famoso cuadro de Murillo, titulado La Inmaculada, no puede dar otra impresión sino la de que María es la reina del cielo, pues en dicho cuadro ella aparece entre nubes de gloria, sobre los cuernos de la luna como reina y emperatriz del cielo, muy semejante también a las representaciones entre los antiguos romanos, de Diana, la diosa femenina de la caza, los bosques y la luna. Los egipcios tenían su diosa Isis, los fenicios su Astarte, los caldeos su Semíramis, los griegos su Artemisa; de modo que el romanismo escogió también su diosa femenina, y María fue la más adecuada para el caso.
El Marianismo prolifera en mil formas. El nombre de María ha sido tomado como bandera de partido político y, peor todavía, como aliada de algún bando militar en los campos de batalla. Aun se ha llegado a usar su nombre para propaganda de licores, creyéndola patrocinadora del vicio de la bebida. Sus adeptos están divididos entre sí, siendo que cada uno cree que la Virgen de su devoción es más milagrosa que la de los demás. Sus incontables imágenes son producto de la inspiración del artista o de la concepción fantástica de sus admiradores[2]. Hay vírgenes negras, morenas y blancas.
Entre los romanistas el ser muy devoto de María es señal de ser buen católico; para nosotros eso es más bien señal de alejamiento escritural. Diariamente, en el pueblo romanista se le reza mayor número de oraciones a María que a Jesucristo; durante el año son más las fiestas que se celebran en honor a María que las que se celebran en honor a Jesucristo. En muchas ciudades existen más templos dedicados a María que los que están dedicados a Jesucristo[3]. No es exageración decir que la fe católica gira alrededor de María, en una proporción muy grande[4]. A ella se le dan títulos sumamente elevados; enteras órdenes monásticas se consagran a ella; se le atribuyen muchísimas apariciones extraordinarias, y una infinidad de milagros. A sus imágenes le prenden candelas y le colocan flores y las llevan en procesiones públicas[5].
El Marianismo carece totalmente de apoyo en las Sagradas Escrituras. Antes está condenado. En cierta ocasión alguien le dijo a Jesús: “Bienaventurado el vientre que te trajo, y los senos que mamaste. Y él dijo: Antes bienaventurados los que oyen la palabra de Dios, y la guardan” (Lucas 11:27,28). Varios incidentes relatados en los Evangelios revelan claramente que el propósito de Jesús fue el de enseñar que la obra redentora tenía que realizarla él solo; que en los asuntos espirituales que concernían a su reino, ni aun su madre debía inmiscuirse; que en la actuación de su ministerio público, las relaciones familiares no contaban. Todo esto pareciera indicar como si Jesús preveía el futuro y contemplaba con anticipación el pecado de idolatría que se iba a cometer con su madre.
Hay varios dogmas Marianos que la Iglesia Católica Romana ha definido a favor de María. Los tratamos en capítulos aparte.
Aunque corrieron fuertemente los rumores de que en el Segundo Concilio Vaticano se declararía algún nuevo dogma sobre María, lo cierto es que no se decretó ninguno. No eran pocos, aun de los padres conciliares, los que deseaban que se definieran como artículos de fe la supuesta mediación universal de María, su participación en la obra de la redención, y María, Madre de la Iglesia. Pero sí se trató en el Concilio el tema de María.
Se produjo un debate ardoroso sobre si el tema de María debía tratarse aparte, en un esquema especial, o si se le debía incluir en el esquema De Ecclesia. Los que abogaban por lo primero aducían el razonamiento de que ella era merecedora de una consideración especial, a tono con su elevada dignidad. Los otros, quienes por escasa mayoría hicieron triunfar su tesis, expresaron que era conveniente hacerlo así para no herir las susceptibilidades no católicas. Hay que recordar que detrás de todos los debates estuvo latente el deseo del Papa Juan XXIII, de que el espíritu conciliador caracterizara al Concilio, a fin de allanar en lo posible el acercamiento de los “hermanos separados”. Así es que con el título de “La bienaventurada Virgen María, Madre de Dios, en el misterio de Cristo y de la Iglesia”, se introdujo en el Capítulo VIII del esquema De Ecclesia la consideración de María.
En el debate que se produjo se escucharon voces decididamente a favor de los nuevos títulos que extraoficialmente se le adjudicaban a María. Por ejemplo, los obispos polacos le pidieron al Santo Padre la definición de la Virgen como “Madre de la Iglesia”. Otro dijo: “No es posible hablar adecuadamente de la Iglesia sin poner de relieve las relaciones entre María y Jesús en la obra de la redención, relaciones que han sido aclaradas por la tradición y están contenidas en el magisterio ordinario” (arzobispo Conrado Mingo, de Monreale, Italia.[6])
“El capítulo debe proponer de manera más clara y amplia lo que concierne a la cooperación de María a la redención de Cristo, la Mediación universal y el mismo título de “María Madre de la Iglesia” (Plácido M. Cambiaghi, obispo de Novara, Italia).[7]
Pero también se levantaron opiniones en contra de la corriente mariana, como éstas: “El texto afirma que María aparece de manera significativa en la vida pública de Cristo: mejor sería decir que desaparece, porque los Evangelios sinópticos no hablan más de ella y tal silencio en este período tiene su significado. Sería conveniente evitar el término “Mediadora”. Hablando con todo rigor, solamente Cristo, verdadero Dios y verdadero Hombre, establece una mediación. Un título de este género, aplicado a la Señora, hace más difícil la predicación a los no cristianos” (Ariano Djajasepoetra, arzobispo de Yakarta en nombre de 24 prelados de Indonesia). [8]
“Muy oportuno es el pasaje relativo a la libertad del teólogo en las cuestiones todavía controvertidas. Es muy importante que los predicadores se abstengan de cualquier exageración aun de oratoria, sobre los problemas de la mediación de la Virgen: es un problema que el Concilio debe afrontar con mucha seriedad y sobriedad. Muchos predicadores hablan demasiado de la mediación de María y no bastante de la de Cristo: esto, a veces, causa escándalo entre los fieles y también entre aquellos que están fuera de la iglesia (cardenal Silva Henríquez, de Santiago de Chile).[9]
No se llegó, pues, a declarar a María como “Mediadora Universal”, si bien el título de Mediadora se menciona en el texto, pero con la siguiente explicación: “Nada quite ni agregue a la dignidad y eficacia de Cristo, único Mediador. Porque ninguna criatura puede nunca compararse con el Verbo encarnado nuestro Redentor.” [10]
Desde luego que en cierto sentido a nosotros los cristianos bíblicos nos satisface el que el Segundo Concilio Vaticano no haya ido más lejos en pronunciamientos oficiales sobre María. Es evidente que la atmósfera no estaba del todo propicia para dar un paso más en la línea de los errores Marianos. Pero todo lo anterior queda igual. Es más, la actitud del Papa Paulo VI puso de manifiesto como que él no estaba completamente satisfecho con este pasivismo en la Mariología, pues en la Tercera Sesión pública final del Concilio, que tuvo lugar el 21 de noviembre de 1964, el Papa se hizo presente y en la alocución que pronunció dijo, entre otras cosas, estas: “Proclamamos en honor de la Santísima Virgen y nuestra satisfacción, a la Santísima Virgen María “Madre de la Iglesia”, de todo el pueblo de Dios, tanto de los fieles como de los pastores, a quien llamamos la Madre más querida. Deseamos que con tan dulce título, la Virgen sea ahora más honrada y más invocada por todo el mundo cristiano … Así, pues, María, como Madre de Cristo, es también Madre de todos los fieles y pastores, es decir, de la Iglesia.” [11]
Por manera que este énfasis Mariano, a todas luces antibíblico, en vez de ayudar a facilitar un acercamiento entre católicos y cristianos, más bien pronuncia el abismo de separación. Nosotros debemos amar a la madre de nuestro Salvador, pero no podemos rendirle ningún culto, siendo que Jesús mismo dijo: “Al Señor tu Dios adorarás, y a él sólo servirás” (Mateo 4:10). María misma, como criatura que fue, sintió su necesidad de un Salvador, y por eso ella declaró: “Engrandece mi alma al Señor; y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador” (Lucas 1:56). Cuando el apóstol Juan vio “una puerta abierta en el cielo”, él vio una cantidad innumerable de personas que habían sido redimidas por la sangre del Cordero. Indudablemente que en ese grupo de redimidos estaba María. Vio también al Señor Jesucristo, sentado como el Cordero en el trono; pero no vio a ninguna “reina del cielo”. La mejor manera en que podemos honrar a María es obedeciendo a sus propias palabras, cuando en la celebración de las Bodas en Caná de Galilea, dijo: “Haced todo lo que os dijere” (Juan 2:5b).
Pr. Adolfo Robleto
Extracto de “Un Vistazo a la Doctrina Romana“, (Casa bautista de Publicaciones, 1970), pp. 63-68.

Notas:
[1] “Tú, pues, no ores por este pueblo, ni levantes por ellos clamor ni oración, ni me ruegues; porque no te oiré. ¿No ves lo que éstos hacen en las ciudades de Judá y en las calles de Jerusalén? Los hijos recogen la leña, los padres encienden el fuego, y las mujeres amasan la masa, para hacer tortas a la reina del cielo y para hacer ofrendas a dioses ajenos, para provocarme a ira. ¿Me provocarán ellos a ira? dice Jehová. ¿No obran más bien ellos mismos su propia confusión?” (Jeremías 7:16-20)
[2] “La virgen de los 2.850 rostros“: http://www.conocereislaverdad.org/2850rostros.htm
[3] “¿A quién celebra tu corazón?“: http://www.conocereislaverdad.org/madrehostia.htm
[4] “María, Esperanza del Mundo“: http://www.conocereislaverdad.org/Esperanzadelmundo.htm
[5] http://www.conocereislaverdad.org/images/virgenenprocesion.jpg
[6] Javier Gonzaga, Concilios (Grand Rapids: International Publications, 1966), pág. 910, tomo II.
[7] Ibid., pág. 910.
[8] Ibid., pág. 911.
[9] Ibid., pág. 911.
[10] Ibid., pág. 912.
[11] Ibid., pág. 946.


Fuente: Tomada de Conoceréis la Verdad




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