Oscuridad

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jueves, 28 de julio de 2011

------ El SINCRETISMO de NUEVA ERA

Lectores encontré este artículo, que me parece y lo veo muy en línea a lo que expresa o insinua abiertamente el título de éste sitio Web, y por el cual fue creado, para informar.
Les dejo a continuación el link de la página:

http://www.mercaba.org/Fichas/colabora/XOAN-02.htm

                       El sincretismo de Nueva Era

Nueva Era afirma que todas las religiones son manifestaciones particulares de la única religión universal verdadera que se halla como oculta debajo cada una de ellas. Ninguna religión, por lo tanto, es en sí misma completa, es decir, ninguna reúne en sí la totalidad de los medios de salvación. A partir de aquí lo que propugna Nueva Era es una especie de síntesis superior de todas las religiones basada no en la teología, sino en la experiencia directa de la divinidad. La teología divide, la experiencia une. En su línea de credulidad absoluta, Nueva Era es una especie de esponja dispuesta a absorberlo todo sin necesidad de análisis o discernimiento. Lo mismo da el chamanismo, las religiones orientales, el sufismo, la psicología, la teosofía, el esoterismo, el ocultismo, la gnosis, Freud, Jung, Teilhard de Chardin, San Juan de la Cruz, las terapias energéticas. Como la verdad está fragmentada y desperdigada un poco por todas partes, Nueva Era se encarga de recomponer el puzzle religioso ofreciéndonos un cóctel de creencias, doctrinas, psicologías, espiritualidades y terapias cuya compatibilidad trata de forzar a fin de llegar a la verdad completa. No existe necesidad de crítica o verificación. Todo sirve. Todo es bueno. Nada se debe desechar o rechazar como hicieron las religiones con los movimientos heréticos surgidas a partir de ellas. Nueva Era no condena ni rechaza, sino que integra, mezcla... y vende. ¡Y cómo vende!


                     Sincretismo no es ecumenismo
El sincretismo tiene muy poco o nada que ver con el ecumenismo. El ecumenismo está hecho de diálogo, respeto, admiración sincera hacia los valores del otro, acercamiento fraternal, esfuerzo de comprensión y colaboración mutua en objetivos comunes; pero sin mezclar las creencias ni perder nunca la propia identidad. Todos los grandes espirituales son ecuménicos, pero no sincréticos. El Dalai Lama decía en 1994[1]: "En general, estoy a favor de que cada uno se mantenga en la religión de su cultura y patrimonio histórico propios. Por supuesto, los individuos tienen todo el derecho a cambiar si encuentran una religión que sea más útil o apropiada para sus necesidades espirituales. Pero, hablando en términos generales, resulta más conveniente experimentar el valor de la propia tradición religiosa. (...) Si eres cristiano, es mejor que te desarrolles espiritualmente dentro de su propia religión y que seas de verdad un buen cristiano. Si eres budista, sé un auténtico budista. ¡No algo mitad y mitad! Esto sólo puede provocar confusión en tu mente."

Esto no quiere decir que una persona verdaderamente religiosa no pueda conmoverse ante el misterio de otra religión diferente a la suya. Cito otra vez al Dalai Lama, esta vez relatando su visita a Lourdes[2]: "Allí, frente a la cueva, experimenté algo muy especial. Sentí una vibración espiritual, una suerte de presencia espiritual. Y entonces, frente a la imagen de la Virgen María, oré. Expresé mi admiración por ese lugar sagrado, que durante tanto tiempo ha sido una fuente de inspiración y fuerza, que ha proporcionado alivio, consuelo y salud a millones de persona. Y oré para que ese lugar pudiera continuar así durante mucho tiempo".

Un cristiano que ha vivido tan a fondo el ecumenismo como Roger Schutz, el prior de la comunidad de Taizé, escribe[3]: "¿Por qué esta incesante confusión entre unanimidad y uniformidad? La uniformidad crea la apariencia de unidad. La uniformidad teje un vestido superficial y el Evangelio, entonces, es vivido superficialmente. La unanimidad exige un acuerdo íntimo. Supone el pluralismo de las expresiones personales. (...) Lo que debe permanecer, incluso al precio del sufrimiento, es la unanimidad de todas las comunidades sobre el fundamento común. Si no, desaparece la visibilidad de la Iglesia en su unidad". El sincretismo no busca la unanimidad, sino la uniformidad. Para los sincréticos, todas las creencias son lo mismo, todos los caminos llevan al mismo destino, todas las religiones son, en el fondo, la misma y única religión. Eso queda muy bien decirlo, resulta muy moderno, pero no es verdad y supone, por otra parte, una total falta de respeto hacia las creencias de los demás.



Los primeros cristianos rechazaron abiertamente el sincretismo y su cohorte de falsos maestros

Ya los primeros cristianos tuvieron que enfrentarse tanto con el sincretismo como con el asedio de todo tipo de doctrinas que pululaban en el ambiente y trataban de introducirse, como la cizaña en medio del trigo, en las primeras comunidades.

San Pablo, en su Carta a Tito, dice: "Porque hay mucho insubordinado, charlatán y embaucador, sobre todo entre los judíos convertidos, y hay que taparles la boca. Revuelven familias enteras enseñando lo que no se debe, y todo para sacar dinero" (Tt 1,10-11).


En la 2ª Carta a Timoteo dice: "Por otra parte todo el que se proponga vivir piadosamente en Cristo Jesús será perseguido. En cambio, esos perversos embaucadores irán de mal en peor, extraviando a los demás y extraviándose ellos mismos" (2 Tm 3,12-13).


San Pedro en su 2ª Carta alerta también sobre estos falsos maestros: "No faltaron falsos profetas en el pueblo judío; y lo mismo entre vosotros habrá falsos maestros que introducirán bajo cuerda sectas perniciosas; por negar al Señor que los rescató, se acarrean una rápida ruina. Muchos los seguirán en su libertinaje y por ese motivo el camino verdadero se verá difamado. Llevados de la codicia os explotarán con discursos artificiosos" (2 P 2,1-3).

El evangelio de san Marcos refleja unas palabras de Jesús enunciando la aparición de falsos mesías: "Porque saldrán mesías falsos y profetas falsos, y realizarán señales y prodigios que extraviarían, si fuese posible, a los elegidos. Vosotros estad sobre aviso, os he prevenido de todo" (Mc 13,21-23).


En la 2ª Carta a Timoteo, Pablo aconseja no hacer caso de charlatanerías ni enredarse en discusiones estúpidas y superficiales, llegando a citar los nombres de quienes han caído en este tipo de errores, en este caso Himeneo y Fileto: "Sígueles recordando todo esto, avisándoles seriamente en nombre de Dios que no disputen sobre palabras; no sirve para nada y es catastrófico para los oyentes. (...) A las charlatanerías profanas dales de lado, porque se irán haciendo cada vez más impías, y la enseñanza de esa gente correrá como una gangrena; entre ellos están Himeneo y Fileto... Niégate a discusiones estúpidas y superficiales, sabiendo que acaban en peleas; y uno que sirve al Señor no debe pelearse, sino ser amable con todos; debe ser hábil para enseñar, sufrido, suave para corregir a los contradictores; puede que Dios les conceda convertirse y comprender la verdad; entonces recapacitarán y se zafarán del lazo del diablo que los tiene ahora cogidos y sumisos a su voluntad" (2 Tm 2,14-26).


Judas es hermano de Santiago y "pariente del Señor". No hay base suficiente para identificarle con Judas Tadeo ni a este Santiago con los dos que aparecen en la lista de los Doce. San Judas se refiere a los falsos maestros como "Nubes sin lluvia que se llevan los vientos, árboles que en otoño no dan fruto y que arrancados de cuajo mueren por segunda vez; olas encrespadas del mar coronadas por la espuma de sus propias desvergüenzas; estrellas fugaces a quienes está reservada la lobreguez de las eternas tinieblas" (Judas 1,12-13).


Algunos de estos falsos maestros, hoy como hace dos mil años, harán señales y prodigios falsos con los que asombrarán a crédulos e incautos. San Pablo los denuncia en su 2ª Carta a los Tesalonicenses: "Que nadie en modo alguno os desoriente. Primero tiene que llegar la apostasía y aparecer la impiedad en persona, el hombre destinado a la perdición, el que se enfrentará y se pondrá por encima de todo lo que se llama Dios o es objeto de culto, proclamándose él mismo Dios. (...) La venida del impío tendrá lugar, por obra de Satanás, con ostentación de poder, con señales y prodigios falsos, y con toda la seducción que la injusticia ejerce sobre los que se pierden, en pago de no haber aceptado el amor de la verdad que los habría salvado" (2 Ts 2,3-10).


San Judas escribe acerca de estos falsos maestros: "Son una partida de rezongones que reniegan de su suerte y proceden como les dictan sus deseos; su boca habla pomposamente para pasmar a las personas y sacarles el dinero" (Judas 1,16).


San Pablo le escribe a Tito acerca de los falsos maestros: "Revuelven familias enteras enseñando lo que no se debe, y todo para sacar dinero" (Tt 1,11).


En su 1ª Carta a Timoteo, san Pablo habla de los "que se han creído que la piedad es un medio de lucro" (1Tm 6,5). Y en su Carta a los Efesios escribe: "Meteos bien esto en la cabeza: nadie que se da a la inmoralidad, a la indecencia o al afán de dinero -que es una idolatría- tendrá herencia en el Reino de Cristo y de Dios" (Ef 5,5).



                        El antídoto contra el error

El fenómeno del sincretismo, con su cohorte de doctrinas erróneas que lo sustentan, no es nuevo. Ya los primeros cristianos lo vivieron y lo superaron aferrándose a la "sana doctrina", es decir, no dejándose encandilar por charlatanes y embaucadores cuyo único objetivo es el dinero, como bien denuncian los primeros apóstoles. Los primeros cristianos nos proporcionan ya el antídoto contra el error:

1º) Hacer el bien usando bien la libertad: Escribe Pedro en su 1ª Carta: "Porque así lo quiere Dios: que haciendo el bien le tapéis la boca a la estupidez de los ignorantes; es decir, no usando la libertad como tapadera de la villanía, sino como siervos de Dios" (1P 2,15-16). San Pedro no hace una llamada a ninguna forma de ataque o cruzada contra quienes entonces promovían y trataban de introducir el error en las primeras comunidades, sino al discernimiento, a la rectitud de vida y a responder al error con el amor, ahogando el mal en abundancia de bien.

2º) Enseñar la sana doctrina: San Pablo le recomienda a Tito que cuide la sana enseñanza: "Por tu parte, habla de lo que es conforme a la sana doctrina" (Tt 2,1). Los primeros apóstoles –igual que hoy el Magisterio católico- insistían por activa y por pasiva en enseñar la sana doctrina. Apartarse de la sana doctrina es adentrarse poco a poco en el terreno del error, pudiendo caer en la herejía o en el cisma. El hecho de que la Nueva Era y las sectas consigan captar adeptos dentro de la Iglesia católica es un proceso subrepticio que se ve enormemente facilitado por la endeble formación doctrinal y espiritual de la mayoría de los católicos. Ahora los laicos tenemos medios de formación a nuestro alcance que antes sólo estaban a disposición de los clérigos. Pienso, por ejemplo, en el Catecismo de la Iglesia Católica y en la ingente documentación espiritual y doctrinal que se puede encontrar con facilidad en Internet. Ya no vivimos en los tiempos de los catecismos del P. Astete o del P. Ripalda[4]. La última edición del Catecismo de la Iglesia Católica es una obra muy trabajada, magníficamente escrita y bien documentada que no debiera faltar en el hogar de ningún católico al lado de la Biblia y de una buena vida de Jesús[5].

3º) Practicar el discernimiento: La capacidad de discernimiento es fundamental para ser libres y avanzar en la dirección correcta, sin caer en la tentación de la facilidad, tomando atajos que no conducen a ninguna parte. San Pablo, en su 2ª Carta a los Tesalonicenses, nos ofrece una fórmula magistral contra el error: "Examinadlo todo, quedándoos con lo bueno" (2Ts 5,21). Decía San Agustín que no hay ninguna falsa doctrina que no contenga algo de verdad. Pero para poder aprovechar los elementos de verdad contenidos en otras doctrinas sin dejarse arrastrar por ellas y caer de lleno en el error es preciso tener una buena formación, vivir la fe en comunión con el Papa y con la Iglesia y practicar el discernimiento, que es un don del Espíritu Santo. San Juan de la Cruz insistía mucho en la buena dirección espiritual[6]: "...grandemente le conviene al alma que quiere ir adelante en el recogimiento y perfección mirar en cuyas manos se pone, porque cual fuere el maestro, tal será el discípulo, y cual el padre, tal el hijo". El santo de Ávila insiste en que el director espiritual sea sabio, discreto y experimentado[7]: "...porque demás de ser sabio y discreto, ha menester ser experimentado. (...) ...si no hay experiencia de lo que es puro y verdadero espíritu, no atinará a encaminar al alma en él, cuando Dios se lo da, ni aun lo entenderá".




       El sincretismo no es exclusivo de Nueva Era


El sincretismo es una postura que Nueva Era comparte con otras muchas sectas y nuevos movimientos religiosos. La misma masonería defiende posturas parecidas al sincretismo de Nueva Era (una religión natural y universal común a todos los hombres, a la vez que niegan las religiones reveladas); los Bahaí pretenden ser una especie de religión de religiones (especialmente islamismo, judaísmo y cristianismo); Sai Baba hace lo mismo con el hinduismo y el islam; Osho (Bhagwan Rajneesh) que se definía a sí mismo como el verdadero mesías, el mesías de la Era de Acuario, mezclaba budismo, hinduismo, cristianismo, Freud, Jung, Teilhard de Chardin, tai-chi, zen, artes marciales, sauna, masajes, sexo libre, etcétera, etcétera.

Curiosamente, muchas sectas defienden y promueven el sincretismo tratando de borrar la identidad de las religiones para crear una especie de súper religión universal representada, por supuesto, ellos. Casi todas las corrientes paganas o neopaganas son sincréticas, no ecuménicas, y tratan de meter en su coctelera todas las creencias y filosofías y de ahí sacan una especie de brebaje curalotodo que en realidad sólo sirve para que se hagan de oro quienes venden.

El sincretismo puede adoptar también la forma de intercambio de divinidades, en relación directa con el reencarnacionismo, de modo que el mismo ser divino puede aparecer a lo largo de la historia bajo formas diferentes (avatares). Esta es una idea muy querida por el hinduismo. La palabra sánscrita avatra significa "descendido". El hinduismo cree que una divinidad puede descender sobre alguien en ciertos momentos éticamente bajos de la historia para influir con su ejemplo y reconducir a los hombres hacia el buen camino. Así el Krisna de los hindúes sería el mismo ser que el Cristo de los cristianos. En el fondo se trata, según Nueva Era, del Cristo cósmico que se manifiesta de diferentes maneras. "Hay un solo y único avatar que se sumerge en el océano de la vida, se remonta a un lugar y se hace célebre bajo el nombre de Krisna, para sumergirse de nuevo y surgir en otro lugar con el nombre de Cristo" (Ramakrishna).

Como conclusión, en Nueva Era se puede cambiar de religión como de camisa, pues todas son tan verdaderas como incompletas, asimismo las divinidades pueden adoptar una u otra forma, según el contexto cultural o las necesidades psicológicas de los pueblos.

Xoán Xulio Alfaya

© Xoán Xulio Alfaya, 2000



Notas:[1] Participación del Dalai Lama en el Seminario John Main, Londres, 1994.

[2] Participación del Dalai Lama en el Seminario John Main, Londres, 1994.

[3] Roger Schutz: “Unanimidad en el pluralismo” en “La regla de Taizé”, Editorial Herder, Barcelona, 1975.

[4] Entre los catecismos de la Iglesia de Roma, hay que citar por su importancia los de Alonso de Madrid (1526), Gregorio de Pesquera (1544) y Domingo de Soto (1560); mención aparte merece el popular Catecismo de la doctrina cristiana del padre Gaspar Astete (1537-1601), impreso por vez primera en 1599 y que llegó a tener más de seiscientas ediciones en lenguas diversas; mayor fama si cabe alcanzó el Catecismo y exposición breve de la doctrina christiana del padre Jerónimo Ripalda (1537-1618), publicado por vez primera en el año de su muerte (aunque su Catechismus sea de 1616) y con incontables ediciones posteriores, especialmente abundantes desde el siglo XVIII (Enciclopedia Universal Micronet).

[5] Me permito recomendar la “Vida y misterio de Jesús de Nazaret” del P. José Luis Martín Descalzo. Ediciones Sígueme, Salamanca, 1998.

[6] San Juan de la Cruz: “Llama de amor viva”, 3.30.

[7] San Juan de la Cruz: “Llama de amor viva”, 3.30.
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